Y ya no llueve allí donde habitas tú, el sol ha salido radiante sólo para ti mientras aquí llueve y llueve. Y yo estoy empapada, y nadie viene a secarme. Y el frío se cuela en mis huesos, en mi pequeño cuerpo que ya no sabe recibir abrazos. Mi paraguas se rompió hace ya días, y lo miro una y otra vez, tratando de arreglarlo.
Y tú, en la sequía, pareces sonreír. No recordaba esa sonrisa, se me ha desvelado como los grandes secretos. Y miro tus manos, aquellas que antes me resguardaban de la lluvia.
Ojala pudiera salir a la calle y que estuvieses ahí, mirándome con los ojos brillantes. Y me acercaría a ti, y te mojaría la camisa porque estoy chorreando y me besarías en la cabeza y me abrazarías tan fuerte que sabría que odias la sequía...
Y entonces me despierto... ¿quién puede desear la lluvia?
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