Aquel día todo estaba preparado, tu debías estar allí, yo debía estar allí. Todo calculado para que yo te pidiese fuego, para que tú encendieses la llama. Y todo parecía una canción estúpida, una de esas canciones absurdas que surgen sobretodo en verano que hablan de romances pasajeros y de momentos intensos. Hasta que la banda sonora de nuestros momentos cambió, tú decidiste cambiarla y sonó a esas cosas que huelen a recuerdos, melancolía y vértigo. Sí, esa es la palabra, vértigo. Jamás he sentido tanto vértigo como a los días de conocerte, como al saber que te empezaba a echar de menos. Y echar de menos ha sido una constante en lo nuestro, por mucho que nos pese, mucho echarnos de menos. En el primer momento, ese sentimiento de sentir cosas que no se deben sentir, como cuando mientes a tu madre diciéndole que te quedas a dormir en casa de una amiga y sales tu primera noche por ahí. Así me sentía, como una infractora de sentimientos. Y tú, que parecías incrédulo cuando nos pasábamos horas hablando por teléfono, sí, echándonos de menos. Y ahí era amor en estado puro, ahí nos cegamos ante las adversidades. Y poco a poco fuiste convirtiéndote en mi gran amigo, en esa persona en la que contaba en cualquier momento. Poco a poco ascendiendo posiciones pasando a convertirte en asquerosamente imprescindible. Y éramos tan iguales en tantas cosas, nos daba tanto pánico depender en cierta manera el uno del otro. Cuántas veces eso nos ha echo chocar para luego darnos cuenta de que somos dos luchadores de boxeo que tras la lucha se abrazan, que tras reflejar esa fachada de dureza se desnudan y se quedan indefensos ante la pura verdad, ante la pura debilidad. Y sí, reconozco que eres mi debilidad, que aún hoy me sale una sonrisa tonta cuando me hablan de ti. Y tras ser mi amigo y convertirte en imprescindible empezaron las luchas, no entre nosotros sino contra el mundo. Contra el tiempo, la distancia y el dolor. Poco a poco la distancia forjó una alianza de poder con el dolor y nos fuimos haciendo pequeños. Y se creó un muro entre nosotros. Y volvimos a respirar, a coger aire para destruir ese muro. Y me volviste a besar, y te volví a creer. Y ahora la vida nos propone nuevos retos y seguimos luchando.
Te quise, te quiero y te querré. Por lo que se ve y por lo que es inimaginable. Por darle sentido a la palabra magia. Porque me entiendes. Por las miradas. Por cada beso. Por cada lágrima.